La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán sacude la economía global y reconfigura alianzas

La escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán entra en una fase crítica este 7 de marzo de 2026, con nuevos ataques cruzados y un creciente impacto económico y diplomático que ya se siente en todo el mundo.[1][5]
Según medios internacionales, Israel ha lanzado en los últimos días ataques a gran escala contra objetivos iraníes, mientras Teherán responde con una lluvia de misiles y drones contra territorio israelí y contra bases estadounidenses en la región.[1][5] Algunas de estas ofensivas habrían alcanzado zonas cercanas al aeropuerto internacional Ben Gurion, en Israel, y otras habrían golpeado infraestructuras civiles y de emergencia en Irán.[1][5] Organismos de socorro locales han informado de decenas de víctimas, entre ellas trabajadores de servicios de emergencia que acudían a un primer bombardeo.[5]
En Washington, el presidente Donald Trump ha reiterado un mensaje de máxima presión al régimen iraní, al que exige una rendición incondicional como condición para frenar la campaña militar.[1][2] La Casa Blanca sostiene que el objetivo es neutralizar las capacidades estratégicas de Irán y evitar futuras amenazas en la región, pero analistas señalan que la ofensiva también persigue forzar un cambio político en Teherán.[1][2][5]
La guerra tiene ya un claro reflejo en la escena interna de Estados Unidos. En año electoral, la prolongación del conflicto y el incremento del gasto militar están golpeando a la economía estadounidense y alimentando la crisis política en torno a la figura de Trump.[1] El encarecimiento de la energía y la incertidumbre en los mercados globales añaden presión sobre la inflación y sobre los socios comerciales de Washington, en particular en Europa.[1][3]
En el plano internacional, la ofensiva contra Irán ha acelerado una reconfiguración de alianzas. Europa aparece profundamente dividida: mientras algunos países respaldan la línea dura estadounidense, otros cuestionan la legalidad de los ataques y se resisten a implicarse militarmente.[1][3] Francia ha anunciado un refuerzo de su arsenal nuclear y se ofrece como garante de seguridad para sus socios europeos, en un movimiento que refleja la búsqueda de una mayor autonomía estratégica frente a Washington.[3]
Al mismo tiempo, varios aliados de Estados Unidos han empezado a limitar su apoyo operativo. España, por ejemplo, ha impedido el uso de las bases de Rota y Morón para respaldar los bombardeos en Irán, al considerarlos fuera de la legalidad internacional.[3] En otros frentes, Italia y Países Bajos han desplegado medios navales para proteger espacios aéreos y marítimos sensibles ante el riesgo de una extensión del conflicto hacia el Mediterráneo oriental.[2]
La guerra también se cruza con otros tableros geopolíticos. Fuentes estadounidenses apuntan a una posible colaboración indirecta de Rusia con Irán mediante el suministro de inteligencia y tecnología militar, lo que alimenta el temor a una confrontación más amplia entre potencias.[2] Paralelamente, Washington ha anunciado el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Venezuela tras años de ruptura, en un giro que algunos expertos leen como parte de una estrategia más amplia para asegurar fuentes de energía alternativas en medio de la crisis en Oriente Medio.[2][5]
Con la guerra a punto de cumplir una semana, las perspectivas de una desescalada inmediata son escasas.[5] Los misiles siguen cayendo sobre varias capitales de la región y las cancillerías de todo el mundo advierten del riesgo de que un error de cálculo convierta este conflicto en una contienda aún más global. Mientras tanto, la comunidad internacional se enfrenta al reto de contener una crisis que combina dimensiones militares, económicas y diplomáticas y que ya está redibujando el mapa del poder mundial.[1][3][5]




